Es un hecho que de la muerte nadie escapa, pero la forma en la que nos enfrentamos a ella puede ser muy diferente según la parte del mundo en la que hemos crecido y en la que vivimos. Cada cultura tiene sus rituales para rendir homenaje a sus muertos y teniendo el Día de Muertos o El Día de Todos los Santos tan cerca, no podíamos dejar pasar la oportunidad para explicaros algunas curiosidades.
En España, el Día de Todos los Santos es un día bastante sobrio y triste, con misas dedicadas a los que ya no están entre nosotros, visitas a los cementerios para llevar flores a los seres queridos y un halo de nostalgia que se entremezcla con un ambiente frío y gris de esos días que empiezan a oler a invierno. Sin embargo, en la otra parte del mundo, los colores y la alegría llenan las casas para recordar a los fallecidos.
Seguro que habéis visto alguna vez imágenes de los altares que los mexicanos preparan en sus casas para el Día de Muertos. Este ritual, que tiene su origen en los indígenas de antes de los tiempos prehispánicos, se entiende como una ofrenda a los seres queridos que vuelven del más allá. Por ello, en los altares se colocan flores, pan de muerto, mole o algún plato del gusto del familiar a quien va dedicada la ofrenda, y también calaveritas de azúcar, de manera que el difunto encuentre la casa decorada con rostros semejantes al suyo.
Por otra parte, uno de los elementos clave de Día de Muertos es la Catrina, un esqueleto de mujer vestida de manera elegante que se ha convertido en todo un símbolo de esta festividad. La Catrina nos recuerda que todos somos iguales ante la muerte, independientemente de la posición social o la riqueza. Por ello, el Día de Muertos es un día dedicado a los fallecidos, pero también un recordatorio de la importancia de disfrutar de la vida mientras podamos, incluyendo a aquellos que ya no están.

Y si hablamos de celebraciones relacionadas con los muertos, no podemos olvidarnos de Halloween, una festividad que se remonta a la tradición celta. En este momento del año, en el que las noches eran cada vez más largas y la temporada de cosechas había finalizado, en Irlanda se celebraba el Samhain, una fiesta en la que se creía que los espíritus de los muertos regresaban a visitar el mundo de los mortales. La noche del 31 de octubre, los diferentes clanes celtas, disfrazados como personajes del bosque y de la cultura popular, encendían grandes hogueras en las cimas de las colinas para ahuyentar a los malos espíritus que aparecían con la llegada del invierno y de la oscuridad.
A raíz del catolicismo, esta fiesta se cristianizó y comenzó a llamarse La Víspera de Todos los Santos, All Hallow´s Eve en inglés. O como actualmente lo conocemos en todo el mundo, Halloween. Además, con la ola migratoria a los Estados Unidos, especialmente de los irlandeses católicos en 1846, llegó esta tradición al continente americano y se convirtió en la fiesta que todos conocemos: niños disfrazados de monstruos, brujas y otro tipo de seres fantásticos que van de casa en casa pidiendo dulces con la mítica frase trick or treat (truco o trato).

Así pues, lo que está claro es que, la noche del 31 de octubre, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se difumina a lo largo y ancho del planeta.
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